miércoles, 1 de mayo de 2013

ULTRAS RECICLADOS


            El despertador sonó a la hora de todos los días con la sintonía del informativo de su emisora. Media hora de gimnasia, ducha rápida y un vistazo al periódico, mientras sorbía el café con leche bien cargado. La rutina de siempre. Estuvo un buen rato escuchando la voz rotunda del tertuliano de Intereconomía que tanto le gustaba y que no dejaba títere con cabeza, dando caña y cantando verdades. Le cargaba las pilas, decía.
         Sentado en la butaca de cuero frente al ventanal del salón, con los ojos cerrados y la cabeza entre las manos crispadas, repasó lentamente los pasos que iba a dar. Se levantó con la determinación sellada en un rictus de la boca, miró la hora en su Rolex deportivo y, a través de los visillos transparentes, comprobó el ajetreo habitual de la calle. Tenía tiempo de sobra para ir andando; era más seguro. “El tío no va a llegar antes de las diez, por lo menos. Para algo le han ascendido”, pensó.
            Metió el revólver en el bolsillo y salió de casa.

            Caminaba con paso decidido, casi atlético para su edad. La vista siempre al frente. Hoy su cara redonda y mofletuda estaba algo más roja que de costumbre. El entrecejo muy fruncido tras las gafas de sol. Iba concentrado en la marcha, los cinco sentidos alerta, con la sabiduría del profesional y la experiencia del fugitivo. El móvil en la mano.

            La pistola oscilaba en el sitio acostumbrado de su pantalón. Le gustaba notar su peso sobre el muslo y aquel vaivén en el bolsillo que ya formaba parte de su andar. De vez en cuando, como una antigua manía, metía la mano floja para empuñar la culata y manoseaba un rato las gastadas incrustaciones de nácar.
            A lo lejos, divisó los pliegues de la enorme rojigualda que ondeaba en la Plaza de Colón. Aspiró una bocanada de aire y se detuvo un momento a contemplarla: “Han tenido que quitar el águila imperial y ponerle la puta coronita, pero sigue siendo la mía, qué coño. Bien que nos la jugamos para defenderla”, masculló rencoroso.

Lo tenía todo planeado. Habían sido dos reportajes a doble página en la prensa canalla que no dejaban un cabo suelto: nombres, fotos, documentos. Nada más leerlo, sospechó que sólo podía ser obra de una sola persona, la misma que le había entregado la otra vez. En un par de días, hizo algunas comprobaciones y arregló los últimos detalles. “¡Maldito gusano! ¡Chivato cabrón!”, maldijo. “¡Me la pegaste una vez pero de ésta no te libras!” Apretó la pistola con fuerza y dejó la mano sobre ella en el bolsillo, disfrutando como nunca el latido de su odio y el sabor caliente de la venganza.
            A la vista del paseo de La Castellana, aminoró la marcha, era demasiado pronto aún. Su entrecejo se frunció un poco más al abismarse en la memoria: “Lo negó hasta el final, pero era de ETA, eso seguro; o les hacía el caldo, para el caso igual”. Y luego, lleno de rabia, barbotó: “Y si no llega a ser porque el imbécil de Ignacio se puso nervioso… ¡me canta La Traviata!
            Para hacer tiempo, fue a sentarse en un banco a la sombra. Se colocó a propósito a distancia del grupo de jubilados que acaparaban el sol raquítico de marzo, “unos parásitos”, sentenció, y de los niños, babeantes y gritones, que sólo le producían asco. Una sonrisa de escepticismo se dibujó en su cara: “Mucho puño de hierro y brazalete con esvástica, mucho vitorear aquello de anhelo de sacrificio y sed de martirio, pero a la hora de la verdad, una banda de inútiles que no tenían cojones”. Cruzó las piernas y se irguió en el banco con la espalda muy derecha, reviviendo aquellos días casi olvidados que ahora se imponían con fuerza. Eran varios los atentados importantes que tenían preparados, pero, a última hora, aparecían los mequetrefes de turno con mil inconvenientes y tenían que suspender la operación: “Al final, todos se rajaban. Por eso le tocó a ella ser la primera, porque estaba a tiro”. Se pasó el pañuelo por la frente sudorosa y se le fue la vista al recuerdo: “Era demasiado joven y bastante guapa la muy hijaputa.” La imagen relegada como una sombra en un rincón de su cerebro reapareció de golpe: el jersey violeta lleno de salpicaduras, la cara destrozada, el charco de sangre en el pedregal del descampado. Y él pegado al volante, como una mole de piedra, sin poder arrancar el coche. Todavía se acordaba de sus gemidos de niña pequeña, el espanto de aquellos ojos color avellana, su grito desgarrado cuando le puso la pistola en la sien.
            “¡Aquella jodida noche!” Algo nervioso, aseguró los cordones de sus zapatos, frotó primero un pie, luego el otro, contra las perneras del pantalón y rechazó de plano la emoción que intentaba formarse en su pecho; eso quedaba para los maricones. Clavó una mirada vacía en el infinito, levantó los hombros y suspiró con fuerza: “¡Qué carajo! ¡Iba de mosquita muerta, pero de eso nada!” A él no le temblaba el pulso. A empellones, la obligó a bajarse del coche y, arrodillada en el suelo, le disparó dos tiros a bocajarro: “¡Había que pararles los pies a todos los rojos de mierda que pretendían pasarnos factura! ¡Había que limpiar España de una puta una vez!”, farfulló con la boca torcida.
            Sacó del bolsillo interior de la chaqueta el encendedor de yesca, una reliquia del pasado, y un cigarrillo rubio de una cajetilla arrugada. Lo encendió y echó varias caladas con parsimonia, dominando con la mirada los árboles de la avenida que le parecían soldados en formación. Estiró las piernas. “Todos los peces gordos que estaban en el ajo se fueron de rositas y han vivido como duques, gracias a mí.” “¡Éste también, éste el que más!”, murmuró entre dientes. “Algunos, por la cuenta que les trae, en cuanto salí del truyo me ayudaron para lo de cambiar el nombre y me han dado mi buen curro como asesor. Por servicios prestados, nada más faltaba”, se dijo arrogante. Mi experiencia les viene de puta madre, les comentaba a sus colegas, mientras, entre copa y copa, se carcajeaba de los polis pardillos, jóvenes y no tan jóvenes, a los que se encargaba de formar. “Y ahora que todo iba sobre ruedas, ¡tenía que meterse este judas por el medio y dejarme con el culo al aire otra vez!”, despotricó rechinando los dientes.
            Se levantó furioso del banco, sopesó el arma entre los dedos dentro del bolsillo y, a grandes zancadas, atravesó el bulevar hacia el trajín de Velázquez. Desde allí a su destino quedaba todavía un rato. Sólo se detuvo cuando avistó la fachada de la Dirección General. Confirmó una vez más que no venía nadie detrás, miró la hora y avanzó seguro de lo que tenía que hacer y decir. El guardia de la entrada le hizo un gesto para que no se molestara en sacar el carnet, le conocía de sobra. Subió las escaleras de dos en dos y no le hizo ningún caso al alto tajante del secretario con aspecto de gorila. Giró bruscamente la manilla dorada de la puerta de madera maciza, avanzó a trancos hasta la mesa enorme de patas labradas y allí se plantó. El comisario, que estaba parapetado tras el ABC, por entre cuyas páginas asomaba su mano con el ostentoso anillo de toda la vida, levantó la cabeza cana, sin poder evitar el gesto de la autoridad contrariada en su reposo matutino. De inmediato, reconoció la inconfundible cara de sapo de su antiguo camarada y abrió la boca con su nombre en los labios temblorosos. Pasaron unos segundos muertos, inmóviles los dos. Entonces, él sacó la pistola del bolsillo con parsimonia, le contempló con el desprecio infinito con que se mira a un traidor y le encañonó.
            Ni siquiera vio su inútil gesto de defensa con las manos. Apuntó primero al centro de la medalla que ostentaba en el pecho y le atravesó el corazón. El segundo disparo traspasó una mano violácea y fue a incrustarse entre los ojos aterrados de aquel miserable que le había vendido para librarse por segunda vez.

 [1] Este relato es ficción, aunque inspirado en hechos reales. Yolanda González, militante del Partido Socialista de los Trabajadores, fue asesinada en Madrid el 2 de febrero de 1980 por Emilio Hellín, a quien acompañaba Ignacio Abad, ambos militantes de Fuerza Nueva. Yolanda tenía 19 años. Condenado a 43 años, Hellín se fugó de la cárcel, fue deportado desde Paraguay donde residió tres años, y sólo cumplió 14 años entre rejas. Transcurridos treinta y tres años del horrible crimen, El País rememoró los hechos junto a la escandalosa noticia de que el asesino, con el nuevo nombre de Luis Enrique, trabaja en la actualidad para la Policía Científica y la Guardia Civil. Son dos reportajes firmados por el periodista José María Irujo en las fechas 24 de febrero y 3 de marzo de 2013.

LEVI Primo, Trilogía de Auschwitz

LEVI Primo, Trilogía de Auschwitz, El Aleph, Barcelona, 2005. Prólogo de Antonio Muñoz Molina. Traducción de Pilar Gómez Bedate. (BUC LHg LEV, P.)

             Componen la trilogía: Si esto es un hombre. La tregua. Los hundidos y los salvados.

            Primo Levi (Turín, 1919- Turín, 1987) nació en Piamonte, en el seno de una familia judía. Se graduó como químico en la Universidad de Turín en 1941. Debido a su participación en la lucha de resistencia contra el fascismo en el norte de Italia, fue capturado y deportado al campo de concentración de Auschwitz en 1944, donde permaneció hasta la liberación del campo por los soldados rusos en 1945. Tras un endiablado viaje de retorno por el este de Europa que relata en La tregua, Levi regresó a Turín donde trabajó como químico y comenzó su labor literaria. Murió aparentemente por suicidio, pero tal hecho sigue todavía en duda.
             Publicó su primer testimonio sobre los campos de exterminio nazis en 1947 con el título Si esto es un hombre, al que siguieron La tregua en 1963 y Los hundidos y los salvados en 1986.

          Hemos leído bastantes cosas sobre el exterminio de los judíos, pero nada tan estremecedor como esta trilogía ni tan bien escrito y traducido.
            Levi dice que relata como mero testigo, pero no es del todo cierto. También hace juicios de valor sobre los episodios y las personas de aquella tremenda crueldad, tan inhumana que resulta en verdad reveladora sobre la verdadera condición humana, sobre lo que el ser humano es capaz de hacer contra otros semejantes. Proporciona una documentación de extraordinario valor sobre las razones de comportamientos que nos pueden parecer increíbles, pero que son ciertos. Se desarrolla la narración a lo largo de un calvario de dos años, los que duró su cautiverio en el “Lager” y la azarosa vuelta a Italia con la misma hambre y el mismo frío del campo.
            A pesar del horror, uno siente una extraña fascinación al leer estas 652 páginas, una emoción profunda al conocer los detalles verídicos de aquella atrocidad, la más grande que ha vivido la humanidad, junto a la indignación y la vergüenza de que haya podido ocurrir.
            Habla de las condiciones de horror: cansancio crónico, sueño, frío y hambre extremos; trabajo físico hasta la extenuación; palizas, patadas sin fin, brutalidad; enfermedades, agudos dolores sin ninguna ayuda ni paliativo; incomunicación; “selecciones” públicas de los que van destinados a las cámaras de gas… Y la soledad y la impotencia más intolerables. Sobre la puerta del campo de exterminio un letrero sarcástico con tres palabras: “Arbeit Macht Frei” que significa: “El trabajo nos hace libres”.
            Cuenta, entre otros aspectos estremecedores, cómo se ingresaba en el campo creyendo en la solidaridad de los compañeros, pero que, salvo excepciones, no se ayudaban, sino que se agredían entre sí. Este golpe inesperado se producía muy al principio y derribaba por ello la capacidad de resistencia. Para muchos, dice Levi (p. 499) fue mortal, indirecta y hasta directamente. Y argumenta: es difícil defenderse de un ataque para el cual no se está preparado. Salvo los que tenían una enérgica conciencia moral y mínima capacidad organizativa (los combatientes políticos, especialmente) los prisioneros estaban aislados, sin ninguna posibilidad de ayudarse, sólo ocupados en sobrevivir del hambre y el frío cada minuto. Se convertían en “no personas”: degradados, humillados, hundidos. De eso se trataba, de convertirlos en bestias para que su entrada en las cámaras de gas no perturbase a sus verdugos. Los castigos a los escasos rebeldes eran terribles y a la vista de todos: a uno que pide más sopa le meten la cabeza en el caldero hasta que se ahoga; a otro de la "Escuadra Especial", los judíos encargados de llevar los cadáveres asfixiados por el gas a los crematorios, le meten vivo en el horno como escarmiento y aviso a sus compañeros.
            Son muy reveladoras sus respuestas a las numerosas preguntas que sus lectores le formulan y que Levi recoge en el Apéndice de 1976 a Si esto es un hombre. Entre otras, su afirmación rotunda de que el país entero sabía que existían los campos de concentración donde se encerraba a los judíos y a todos los disidentes (comunistas, liberales, católicos, etc.), porque a los nazis les interesaba que se supiese lo extremadamente peligroso que era oponerse a Hitler y, asimismo, su certeza de que la gran masa de los alemanes ignoró siempre los detalles más atroces de lo que ocurrió más tarde en ellos: el exterminio metódico a escala de millones (p. 219).
            Critica la película de Liliana Cavani Portero de noche porque considera que identifica a víctimas con verdugos (p. 508) y señala que mi admirado Bruno Bettelheim también estuvo en el campo de exterminio (p. 543). Su pesadilla como superviviente es que la realidad es un sueño y que cuando despierte va a continuar en el “Lager”. También que lo más tremendo es que prisioneros de los campos de exterminio no son creídos y ni siquiera escuchados; hasta sus familiares interrumpen el relato y se ponen a hablar de cualquier otra cosa.
            Es muy clarividente cuando analiza el autoengaño que se fabrican los torturadores, los cómplices y los culpables del magnicidio. Se fabrican una realidad cómoda, se alejan de los recuerdos que les repugnan, los olvidan o los sustituyen por otros. La distinción entre lo verdadero y lo falso pierde sus contornos y se acaban creyendo lo que han inventado. “El paso silencioso de la mentira al autoengaño es útil: quien miente de buena fe miente mejor, recita mejor su papel, es creído con más facilidad por el juez, el historiador, el lector, la mujer, los hijos.” (p. 489).
            Su testimonio responde a la exigencia de que esto no se nos olvide y sirva de advertencia como señal del peligro siempre latente de que pueda volver a repetirse.
             Contra quienes quieren borrar el pasado, Levi lanza su mensaje y su maldición en este inmortal poema:

Si esto es un hombre

Los que vivís seguros
en vuestras casas caldeadas.
Los que encontráis, al volver por la tarde,
la comida caliente y los rostros amigos:
Considerad si es un hombre
quien trabaja en el fango
quien no conoce la paz
quien lucha por la mitad de un panecillo
quien muere por un sí o por un no.
Considerad si es una mujer
quien no tiene cabellos ni nombre
ni fuerzas para recordarlo.
Vacía la mirada y frío el regazo
como una rana invernal.
Pensad que esto ha sucedido:
Os encomiendo estas palabras.
Grabadlas en vuestros corazones
al estar en casa, al ir por la calle,
al acostaros, al levantaros;
repetídselas a vuestros hijos.
O que vuestra casa se derrumbe,
la enfermedad os imposibilite,
vuestros descendientes os vuelvan el rostro.

martes, 30 de abril de 2013

ABAD FACIOLINCE, Héctor El olvido que seremos


ABAD FACIOLINCE, Héctor El olvido que seremos, Seix Barral, 2007. ( BUC. Extrabuc LHgABA, H.)

        Héctor Abad es escritor y periodista y trabaja en la revista Semana de Bogotá.

        La novela de este reconocido autor colombiano, exiliado en Italia y actualmente de vuelta a su país, es un homenaje a la memoria de su padre, médico, asesinado por los paramilitares en el centro mismo de Medellín, víctima de su compromiso con la defensa de los derechos humanos.

       Narra la lucha diaria de un hombre vitalista, muy querido por todos; una persona íntegra, que se juega la vida por la justicia, que está lleno de coraje y de miedo a la vez. La conmoción ante el crimen y el dolor de la pérdida son tan grandes que su hijo tarda 20 años en poder escribir este libro, que concibe como una deuda en la que se suman el amor, la admiración y el respeto.

       Padre e hijo han disfrutado de un fuerte vínculo y similares ideas, de modo que el relato es conmovedor en el plano de los sentimientos y una buena crónica de la violencia en este país castigado por unos y otros: militares y paramilitares, guerrilleros y sicarios, gobernantes corruptos y criminales impunes.

       Abad Faciolince, también expulsado de la Universidad por un artículo irreverente contra el Papa, y también amenazado de muerte, parece que ha heredado de su padre el miedo, pero también la valentía necesaria para combatirlo. Lo dice él mismo. El miedo a los que siguen ahí, a los que matan para que la verdad nunca se sepa, para silenciar a los luchadores.
 
       La siguiente cita textual expresa la amargura ante la ignominia silenciada y la esperanza en las palabras como único y último recurso:

       “Sus asesinos siguen libres, cada día son más y más poderosos, y mis manos no pueden combatirlos. Solamente mis dedos, hundiendo una tecla tras otra, pueden decir la verdad y declarar la injusticia. Uso su misma arma: las palabras. ¿Para qué? Para nada: o para lo más simple y esencial: para que se sepa. Para alargar su recuerdo un poco más, antes de que llegue el olvido definitivo. (pág. 255) (…) “de mi papá aprendí  algo que los asesinos no saben hacer: a poner en palabras la verdad, para que ésta dure más que su mentira. (pág. 259).

 

lunes, 22 de abril de 2013

MATEO DÍEZ Luis, La gloria de los niños


MATEO DÍEZ Luis, La gloria de los niños, Alfaguara, Madrid, 2007.

        (Propiedad de la BUC)

        Esta novela corta del reconocido escritor leonés (Villablino, 1942. Premio Nacional de Literatura y Premio de la Crítica) relata en 62 breves capítulos la aventura de un niño en la dura posguerra, cuando recibe el mandato de su padre moribundo para que busque a sus hermanos perdidos en la desbandada de la represión.

       Hay una cierta aureola de los cuentos populares y mucha ternura en este relato de tintes neorrealistas. Un niño todavía muy pequeño que supervive a duras penas en la terrible calle de la orfandad y que debe asumir una tarea de persona mayor, un niño heroico que no sabe que lo es. Pulgar encuentra por fin a sus hermanos y, sin darse a conocer, sin abrazarlos (ahí radica su grandeza), los deja “colocados y juntos en una familia de adopción.

       A través de sus andanzas y penurias, Luis Mateo hace una profunda y poética indagación en la infancia (es también recomendable Dias del desván, 1997) y en la dureza del desamparo para decirnos, a fin de cuentas y a pesar de todo, que cree en la inocencia y en la bondad. A este respecto dice una cosa que me parece definitiva:
 
       Los buenos siempre acaban siendo los dueños del mundo, porque las razones de la bondad son las que corresponden al corazón humano. Es la confianza en la bondad la que hace mejor al hombre”.

        Con igual entusiasmo habla sobre la fuerza de la inocencia:
 
-            “sois los niños quienes con más pureza miráis la vida, sin que los presentimientos y los malos sueños os la roben.” (p. 25).

 

MARSILLACH, Adolfo, Tan lejos, tan cerca


MARSILLACH, Adolfo, Tan lejos, tan cerca, Tusquets, Barcelona, 1998.

        Adolfo Marsillach (Barcelona, 1928- Madrid, 2002), actor y director de teatro.
   
       Este libro de Memorias ganó el Premio Comillas. Está bastante bien escrito, ingenioso, ameno, con retratos y observaciones inteligentes, en ocasiones irónicas y burlonas. Su dedicatoria es prueba de ello: “A mis padres, a mis hijas, a mi mujer… y al teatro. Y también a todos los que, después de leer este libro, dejarán de saludarme”.

       Son 574 páginas y no cansa. Si te gusta el teatro y su mundillo. Uno de los artilugios biográficos que usa es que modifica los nombres de las varias mujeres con quienes ha mantenido una relación sentimental. Finalmente se casa con Mercedes Lezcano.

          Entre las muchas jugosas anécdotas que cuenta, me llama la atención la que se refiere a Fernando Arrabal, quien retira a última hora la autorización de su primer estreno en España, El arquitecto y el Emperador de Asiria, que estaba ya casi a punto de celebrarse en Barcelona. Los hechos suceden en diciembre de 1976 (p. 384). Le tilda de inmoral, torpe, hipócrita y megalómano, porque envía un telegrama utilizando a los presos políticos antifranquistas como excusa para no asistir a los ensayos de la obra.”Volveré sólo cuando estén todos en libertad. Stop”.

          Lo que buscaba Arrabal en realidad, afirma sin ambages, era la suspensión del espectáculo en Barcelona porque había firmado un contrato en exclusiva con un empresario madrileño, Antonio Redondo, para estrenar en la capital todas sus obras. A este propósito del dramaturgo sirven, según mantiene Marsillach, el profesor Ángel Berenguer y una hermana de Arrabal, quienes graban sin permiso de Marsillach una representación de El Arquitecto como “prueba” de la zafiedad manipuladora del director Gruber de quien Marsillach sería supuestamente cómplice. Marsillach, bien defendido por Jiménez de Parga, le planta cara y le acusa en público repetidas veces. Una de las supuestas manipulaciones para esta repentina retirada del cartel catalán era que habían eliminado una escena de la obra en la que uno de los actores, Prada, debía defecar en escena y el otro, Marsillach, calzarse un preservativo en plena representación. Cierto era que no estaban de acuerdo en la estética teatral propuesta, porque frente a la ceremonia “pánica” arrabaliana, Marsillach proponía la distancia como elemento de reflexión, la suma de la “crueldad” de Artaud junto a la “extrañeza” de Brecht (p. 386).

          Las dos citas siguientes debieran figurar en toda enciclopedia del teatro:

           “El problema no tiene solución: la vanidad es imprescindible para ser actor –o actriz-, pero es un fastidio que las actrices –o actores- sean tan vanidosos. (p. 22).
             
       “Los buenos actores crean a partir de sus propias cicatrices y a mí aún no me habían herido. Ahora sí; por eso ahora soy muchísimo mejor actor que entonces” (p. 131).

SARAMAGO José, Levantado del suelo, Santillana 2007. (1ª ed., 1980)


SARAMAGO José, Levantado del suelo, Santillana 2007. (1ª ed., 1980)

             (Propiedad personal).

            “Del suelo se levantan los hombres y sus esperanzas. También del suelo puede levantarse un libro”, dice Saramago (Azinhaga, 1922-Lanzarote, 2010).

Son palabras del premio Nobel de 1998 en uno de los libros más emocionantes que he leído sobre el despertar de la conciencia y la esperanza, sobre la explotación, centrada aquí en la de los campesinos en los tiempos aciagos de la dictadura de Salazar, sobre el hambre y las privaciones, sobre la Iglesia y su colaboración con los amos, sobre el compromiso y la valentía callada de los comunistas puros.

Se sitúa en el Alentejo portugués y tengo que decir que me ha gustado más que ningún otro libro de Saramago, del cual he leído casi todas sus famosas novelas posteriores (El año de la muerte de Ricardo Reis, Ensayo sobre la ceguera, Todos los nombres, La caverna, El hombre duplicado, Ensayo sobre la lucidez, Las intermitencias de la muerte), además de sus memorias de infancia, Las pequeñas memorias, y su guía Viaje a Portugal. Es su cuarta novela, muy diferente a su estilo más conocido, ese largo discurso sin párrafos ni puntos, plagado de abstracciones e ideas muy conceptuales en un discurso denso que no da tregua al lector.

Sin poseer una técnica completamente tradicional, se distingue mucho del estilo de sus obras posteriores, ya que en esta novela de 400 páginas hay: una cierta estructura (se divide en capítulos, aunque no lleven título), personajes bien definidos, distintas voces (aunque la del autor monologando consigo mismo y con los protagonistas ya está bien patente y resulta en este libro muy expresiva) y, sobre todo, la creación realista de un ambiente, un espacio y tiempo vividos de la opresión social y política.

Por encima de otros muchos valores, lo que se destaca es su sensibilidad hacia los oprimidos, llena de ternura y afán de justicia. Es una novela en la que la ideología y el compromiso del escritor quedan patentes, sin que ello disminuya en absoluto su calidad literaria.

            Recojo dos citas en las que la acusación se funde con el uso magistral de la ironía.
 
            En la primera, denuncia la colaboración de los curas con el poder injusto, sus esfuerzos para mantener al pueblo en la sumisión y la reverencia a las fuerzas del orden, en la ignorancia y el miedo, todo ello aliñado con las mentiras y maldiciones contra los comunistas para alejar el menor riesgo de revuelta campesina:
           
Pero el padre Agamedes también clama, Ciertos hombres que andan por ahí sigilosamente sacándoos de vuestro común sentido, y que la gracia de Dios Nuestro Señor y de la Virgen María quiso que en España hayan sido aplastados, vade retro Satanás y abrenuncio, he de deciros que huyáis de ellos como de la peste, del hambre y de la guerra, pues son la peor desgracia que sobre nuestra santa tierra podría caer, plaga digo como la de la langosta sobre Egipto, y por ello no me cansaré de deciros que debéis prestar a tención y obedecer a los que saben más que vosotros de la vida y del mundo, mirad a la guardia como a vuestro ángel de la guarda, no le guardéis rencor, que hasta el padre se ve a veces obligado a golpear al hijo a quien tanto quiere y ama, y todos sabemos que más tarde el hijo dirá, Fue por mi bien, (…) (pág. 136)
 
            La segunda cita relata el ocultamiento de la tortura y más que probable asesinato de un detenido en comisaría. Nos enfrenta de un modo minucioso, tan característico de Saramago (el autor dialoga con el personaje y lo pone en evidencia), a la vil cobardía y a las falsedades de un médico canalla, que traiciona por miedo su juramento hipocrático y su conciencia:
 

Dígame, doctor Romano, médico delegado de salud, jure por la memoria de Hipócrates y sus actualizaciones en forma y sentido, dígame, doctor Romano, aquí bajo este sol que nos alumbra, si es realmente verdad que este hombre se ha ahorcado. Alza el doctor delegado de salud su mano diestra, posa sobre nosotros sus ojos cándidos, es hombre muy estimado en la ciudad, puntual en la iglesia y meticuloso en el trato social, y habiéndonos mostrado su alma pura, dice, Si alguien tiene un alambre enrollado dos vueltas en su propio cuello, con una punta sujeta a un clavo encima de la cabeza, y si el alambre está tenso por causa del peso aunque parcial del cuerpo, se trata, sin duda, técnicamente, de ahorcamiento y, habiendo dicho esto, baja la mano y se va a sus ocupaciones, Pero mire, doctor Romano delegado de salud, no vaya tan de prisa que todavía no es hora de cenar, si es que le queda apetito después de aquello a lo que asistió, hasta me da envidia un estómago así, dígame si no vio el cuerpo del hombre, si no vio las mataduras, los verdugones, las llagas, los cardenales negros, el aparato genital reventado, la sangre, Eso no lo vi, me dijeron que el preso se había ahorcado y ahorcado estaba, no había más que ver, Será mentiroso, romano doctor y delegado de salud, cuándo, cómo y por qué se ha aficionado a ese feo hábito de mentir, No soy mentiroso, pero la verdad no la puedo decir, Por qué, Por miedo, Pues vaya en paz, doctor Pilatos, duerma en paz con su conciencia, forníquela bien, que ella bien los merece, a usted y a la fornicación, Adiós, señor autor, adiós, señor doctor,” (204).

 

CIPOLLA Carlo M., Allegro ma non troppo


CIPOLLA Carlo M., Allegro ma non troppo, Crítica, Barcelona, (2001), 7ª reimpresión, 2009.

       (Propiedad personal).

       Cipolla es catedrático de Historia económica en las Universidades de Pavía y Berkeley.

       El libro breve, 85 páginas y un Apéndice, consta de dos partes. En ambas utiliza un lenguaje matemático de forma paródica para establecer sorprendentes relaciones.

       La primera parte trata sobre los estudios de historia económica. La segunda parte es sencillamente brillante. Se titula “Las leyes fundamentales de la estupidez humana”. Es una teoría muy divertida y aunque su clasificación de la especie humana en cuatro categorías: inteligentes, malvados, incautos y estúpidos, resulte demasiado generalizadora, uno no se resiste a encuadrarse en alguna de ellas. Su análisis de las personas estúpidas es genial. Aquí la tienes:

       “La persona inteligente sabe que es inteligente. El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto está penosamente imbuido del sentido de su propia candidez. Al contrario que todos estos personajes, el estúpido no sabe que es estúpido. Esto contribuye poderosamente a dar mayor fuerza, incidencia y eficacia a su acción devastadora. El estúpido no está imbuido por aquel sentimiento que los anglosajones llaman self-consciousness. Con la sonrisa en los labios, como si hiciese la cosa más natural del mundo, el estúpido aparecerá de improviso para echar a perder tus planes, destruir tu paz, complicarte la vida y el trabajo, hacerte perder dinero, tiempo, buen humor. Apetito, productividad, y todo esto sin malicia, sin remordimientos y sin  razón. Estúpidamente.” (p. 77).