sábado, 11 de febrero de 2017

J.R. SAIZ VIADERO. Mujer, República, guerra civil y represión en Cantabria
















(Librucos, Santander, 2016)


           

            
            Un documentado estudio sobre el papel de las mujeres en una época histórica crucial, que va desde la Segunda República al tardofranquismo.

            Historia y testimonio de miles de mujeres, la mayoría hasta ahora desconocidas, que salen por fin a la luz con nombres y apellidos. No se olvida el historiador de las mujeres aliadas de las derechas, y de la represión que sufrieron por parte del Frente Popular, pero, como no podía ser de otro modo, sobresale la lucha de las mujeres de izquierdas que se movilizaron y que, víctimas del patriarcado, las ideas fascistas, la violencia o la simple venganza, pagaron un alto precio.

            Es ésta una de las escasas investigaciones sobre la historia de nuestra región en el ámbito femenino. La labor de rescate de una memoria de dolor, escarnio y miedo de demasiadas mujeres, cuyas vivencias sufrieron la distorsión interesada, el silencio forzoso y la relegación de los estudios académicos. Una encomiable tarea de recuperación y de compromiso sostenida por el esfuerzo personal y el deseo de reparación hacia las víctimas. De todas ellas figura el detalle de su particular cronología; echo de menos, sin embargo, un índice onomástico, que resultaría apropiado en una obra de esta envergadura.

            Una edición muy cuidada e ilustrada con numerosas imágenes y fotografías de las mujeres protagonistas favorece la lectura.

            En el Preámbulo, dice su autor: “Esta es una historia de historias, una historia coral, construida a base de fragmentos de memorias perdidas o a punto de perderse en el desván de los recuerdos (…) En un tiempo de canallas…"

            Tengo el honor, y me siento orgullosa por ello, de aparecer al lado de estas mujeres valientes, como “figura  femenina destacada en la lucha política” contra la dictadura franquista en Cantabria. 
            En librerías y por petición a distribuidora:


          
            E-mail: rvillegaslibros@gmail.com

viernes, 3 de febrero de 2017

¡VIVA VALDECILLA!


http://www.elfaradio.com/2017/02/03/viva-valdecilla/ 

Publicado en El Faradio

              En la víspera del día Mundial contra el Cáncer, he escrito este pequeño homenaje a nuestra sanidad y a nuestros sanitarios; también denuncia de los recortes que la amenazan y testimonio en pro de restarle estigma y prejuicios a una enfermedad, el cáncer, que se puede combatir y que, en muchos casos, se cura. Mucho ánimo a todas las personas que lo sufren. ¡Salud!

              En un trayecto vertiginoso de seis meses por el Hospital, comprobé lo que ya sabía: que tenemos una sanidad pública de primera clase.

            Mil gracias a la oncóloga de la sonrisa ancha; al radiólogo encantador que me convenció para una estremecedora biopsia en la columna vertebral; al celador de las gafas en la cabeza que me entretuvo el medio kilómetro que dista desde las Torres al Área de Quirófanos;  a la experta cirujana de pulmón que, además, me enseñó a usar el respirador de las bolitas en su domingo; al amable equipo de radioterapia; a tantos sanitarios que me atendieron y cuidaron. Su labor en momentos tan decisivos de nuestra vida es impagable.

            Como impagable sería costear las múltiples pruebas, la cirugía de dos tumores malignos y el tratamiento posterior. Seguramente tendríamos que haber vendido la casa. Y otros, en peores circunstancias, morir en el intento, como ocurre en EE.UU, esa sociedad que tanto nos ponen de ejemplo.

            Defendamos lo que hemos conseguido: nuestro Sistema Nacional de Salud en peligro por la política de recortes y el proceso de privatización de los últimos años.

        ¡Viva el Hospital Valdecilla y las personas que lo sostienen cada día!

ACTUACIÓN SIN TECHO



           
                Una emoción diferente.
             Ver representar en la Plaza Porticada de Santander las escenas de la marginación por sus propias víctimas o afines. Convertir en teatro de calle las experiencias de la exclusión y esta vez por los mismos protagonistas que viven el doloroso drama de la falta de un hogar.
            En el “Día de las Personas sin Hogar”, el jueves 24 de noviembre, Cáritas pidió colaboración a la Agrupación Escénica Unos Cuantos. En España, más de 40.000 personas no tienen techo y cerca de millón y medio viven en infraviviendas y chabolas. Y con la política antisocial del Gobierno del PP, el número se acrecienta: los desahucios y desalojos forzosos de las víctimas de la crisis, están a la orden del día.
            Nuestro director, Juan Manuel Freire, se fue a la Cocina Económica a ensayar con los voluntarios una nueva modalidad del teatro de los oprimidos. Es ésta la segunda ocasión que lo hace en este otoño. La primera fue por invitación de ACCAS con los enfermos de SIDA y personas en peligro de exclusión social. El origen de esta experiencia es que, como Unos Cuantos no podemos atender a toda la demanda de los colectivos sociales que nos piden que actuemos para ellos, hemos decidido iniciar este laboratorio teatral de la vida: dirigir a quienes resisten, animarles a la denuncia desde la escena, invitarles a convertir en teatro su propia existencia. Son pequeñas escenas de mimo y expresión corporal, sencillas, sin apenas texto. Se meten en ellas de inmediato.
            Fue emocionante verlos actuar: el indigente que extiende su mano una y otra vez y nadie le ayuda; la calle representada como una galería de personajes indiferentes, inconmovibles. Y el silencio y respeto de niños y mayores que, tras las máscaras, observan la escenificación.

            Unos Cuantos seguiremos en esta línea; ayudando en lo que podamos, aprendiendo de la gente que más necesita.

miércoles, 1 de febrero de 2017

FREIRE Juan Manuel, Desde el cuarto de Amadora



           

 Novela poética, con rasgos de humor y ribete de tragedia

            Lo primero que sorprende al encontrarnos con esta novela es el diseño de la portada y la contraportada (Ana Freire): título en dos tintas; una hermosa imagen de un trigal que preside una solitaria amapola y… el nombre de Juan Manuel Freire, casi escondido en una esquina, y con una letra diminuta. Por demás, la reseña biográfica del autor alcanza un punto insólito de humildad. Recoge su larga trayectoria en la dirección teatral en un breve párrafo y señala que es autor de una obra publicada: “Y don Quijote se hace actor”. Pero,  ¡bueno!, digo yo, si Freire se ha pasado la vida escribiendo y conocemos hasta 16  textos teatrales, todos estrenados, y con gran éxito. ¡Rara avis un escritor que parece querer pasar desapercibido en estos tiempos de vanagloria! Conclusión, lo valioso para él es la obra que nos entrega.

            Los que amamos y vivimos entre libros, tenemos difícil la elección entre tanto como hoy se publica. Debo confesar que la primera vez que leí Desde el cuarto de Amadora (aún inédita), se me hizo larga; son 430 páginas y no la disfruté, seguramente iba con mis prisas habituales. Ahora puedo afirmar con total sinceridad que me ha gustado mucho. Hay que leerla con calma, degustándola como una fruta madura, saboreándola en cada párrafo como un buen alvariño.

            Tiene calidad literaria y dominio de los recursos expresivos necesarios para enganchar al lector.

      La trama se configura en torno a la conversación prolongada entre tío y sobrino en la casona familiar, la Casa Grande: la memoria un tanto errática del tío que cuenta sus recuerdos y un sorprendente sobrino que escucha atentamente. Apariencia y realidad, nunca está claro si habla el recuerdo o la fantasía. Y es que, como dice Luis Landero: “Una historia es el único refugio digno de la mentira” ("Retrato de un hombre inmaduro", 72). De telón de fondo, la lenta agonía de la costurera Amadora que entona la melodía: “Amapola, lindísima amapola…”. Mero pretexto éste para levantar un edificio narrativo colmado de poesía.

            Dispone el narrador, paso a paso, la creación de un universo rural gallego-asturiano, un mundo casi mítico, perdido en el tiempo, donde se combinan el costumbrismo de una época situada setenta años atrás y el realismo mágico: el campo florece y se puebla de amapolas fuera de tiempo, cuando se escucha la vieja canción. Un espacio dominado por una naturaleza rebosante de árboles, pájaros, insectos, plantas, frutos, flores. Demuestra Freire una sensibilidad especial y un conocimiento ingente de los nombres y de los atributos de animales y vegetales, que evoca con sumo detalle y morosidad. Despliega una enorme capacidad de observación y de análisis; hasta tal punto que me ha dado por pensar que quienes le tratamos de cerca deberíamos estar más vigilantes cuando él está presente, no vaya a pasarnos factura su condición contemplativa. En la Agrupación Escénica Unos Cuantos, el grupo de teatro en que nos dirige, más de uno imita muy bien su gesto reflexivo con la mejilla de lado reposando en la mano.

            El yo narrativo es el sobrino que, además de escuchar y observar con gran interés, intercala sus propios recuerdos y cavilaciones con la madurez de un adulto. Y, a veces, a este alter ego del autor, se le escapa su oficio de dramaturgo en el relato: “El mirlo cantaba como si tuviera público”. En ocasiones, el propio autor se asemeja a algunos de sus personajes. Por ejemplo, en su figura menuda y lenguaje refinado, ¿acaso el maestro de nombre singular, Tequeteque Menudita Pisaflores, no nos recuerda a Freire?

            La galería de protagonistas, algo estrafalarios y siempre entrañables, que entrelazan sus acciones de la vida cotidiana, es amplia y pintoresca: Poldín (el niño que quiere poblar de cotorras el bosque y tiene “un candor muy descarado”), el tío abuelo Belarmino (que siempre está ido), la tía Rosalinda (inventora de historias), la mandona tía Sagrario, la abuela protectora, el doctor Taboada, doña Isaura que chapurrea en francés cuando se pone nerviosa, la Amaranta mayor (soltera romántica), el indiano don Secundino Pita, Generosa (la soltera invisible), el perturbado Juanón, Tuco el del Penón y sus peroratas, el cándido Perico (el mendigo que atesora libros), don Raimundo (un soltero de oro), el cura don Fructuoso, etc. Nos traen a la memoria prototipos de época, incluso algunas de nuestras figuras familiares; nos acercan el pasado con emoción.

            Su texto entero: narración, monólogos y diálogos, es prosa poética, plagada de imágenes, metáforas, símiles y símbolos, apelativos, personificaciones…, y casi podríamos hablar de cierto animismo rural: “el bastón espera apoyado en un tilo”. Un lenguaje cuidadoso y prolijo en su retrato del paisaje y del paisanaje de un pueblo pequeño rico en tradiciones.

             Resalta el léxico culto, preciso, sin pedantería: “Pero, conviviendo con el temor, aquel espacio suscitaba en mí el interés ante lo ignoto, la curiosidad que me despertaba un mundo oculto y arcano.” (pág. 284), así como su labor de rescate de vocablos perdidos o en desuso: zapico, 26; cancela, 36; pianola, 41; picaporte, 44; pitirón, 91; roldana, 101; tora, 121; goño, 373; falleba, 386; mancuerda, 391, arcea, 399…

            Hay un humor sutil, muy a la gallega, (Torrente Ballester, Álvaro Cunqueiro, Cela), que se va dejando caer, que se va destilando en el dibujo de los protagonistas y en la recreación de las situaciones. Vgr.: El recado que va pasando de mano en mano y transformándose de emisario en emisario; las graciosas elucubraciones de Juanón que, tras escuchar a un pájaro parlante se empeña en que todas las aves saben y deben hablar: arrendajo, canario, flauta, estornino, petirrojo, paloma, tórtola, pardón…, donde además  queda patente la sabiduría y afición ornitológica del autor (págs. 233-236).

            Sobresalen capítulos enteros memorables, que provocan la carcajada, como el de la declaración de amor de Juanón a Generosa, los tres capítulos enlazados en torno a la censura de las geniales cartas entre el soldado enamorado, Tuco el del Penón, y la niñera Josefa o la joya del sermón apocalíptico de fray Remigio en la iglesia del pueblo, similar al que muchos hemos escuchado estremecidos en nuestros ya lejanos Ejercicios Espirituales de los años sesenta.

            Quiero resaltar, asimismo, el uso de un recurso metaliterario en un capítulo sin desperdicio titulado “Garcilaso de la Vega”, en el que, con especial acierto, trae a colación un famoso soneto amoroso del poeta renacentista en el parloteo del guacamayo, aquel que termina con estos versos:

Por vos nací, por vos tengo la vida,
Por vos he de morir y por vos muero.

            No en vano Freire ha sido, durante toda su carrera profesional, un gran profesor de Lengua y Literatura en Bachillerato.

            A lo largo de la novela, el tiempo narrativo se sitúa fuera de la historia. Llama la atención la ausencia de fechas y de acontecimientos históricos hasta la página 290, en que aparece una breve alusión al “frente de la guerra”.  Sabemos, porque se señala al principio, y en única vez, que el relato del tío se sitúa en el año 1937. ¿Entonces? ¿Cómo es que no aparece la guerra civil hasta la página 350 de la novela, me preguntaba yo, según la iba leyendo? Ahora creo que este llamativo silencio forma parte del significado de la obra. Es una metáfora de la sociedad: nada sucede por grave que sea, hasta que me toca a mí. En efecto, bruscamente surge un capítulo brutal e inesperado: “La hoguera”, que detalla la quema de los libros en la plaza del pueblo, a manos de “reclutas lampiños”, capitaneados por un oficial fascista. Lo cuenta Freire en tono estremecido, desnudo de juicios de valor en la expresión del dolor por la destrucción de la sabiduría. Nos trae los ecos de la novela de su paisano coruñés, Manuel Rivas: “Los libros arden mal” (2006).

            A partir de este momento, se acaba el realismo mágico y empieza el disparate. La calma melancólica al estilo de Rosalía de Castro se hace añicos. Como una llamarada, desde este episodio y hasta el final, a lo largo de 25 breves capítulos o escenas, irrumpe la guerra civil, y todo se trastoca. Nos enfrentamos de golpe al asalto feroz a esta simbólica villa sin nombre por parte del Ejército Nacional, no tan Glorioso, a la rabia colérica del mando militar frente a la tristeza impotente de los paisanos… hasta llegar al clímax en un final que no voy a desvelar, pero que alcanza un punto de extrema crueldad contra el inocente y que se funde con la dilatada muerte de Amadora.

            En fin, os invito a leer esta primera novela publicada, literatura de la buena, de un escritor que ya estaba consagrado en literatura dramática. Alguno dirá: ¡Cuántos elogios! ¡Claro, como son amigos! Tendrá razón. Pero además, se cumple lo que decía García Márquez: “Escribo para que me quieran más mis amigos”. Es verdad, a Freire los amigos cuanto más lo leemos más lo queremos. Y todos y todas nos alegramos cada vez que se supera a sí mismo.



          Ya a la venta por un precio muy asequible: 11,80 €

jueves, 27 de agosto de 2015

MUNRO Alice, Demasiada felicidad

               Lumen, Barcelona, 2010.    (Propiedad de la BUC Ex Novela 480)      
             
            Nadie hubiera apostado a que esta ama de casa madre de 2 niñas, que escribía en ratos libres en el cuarto de la plancha, ganaría el Premio Nobel de Literatura de 2013. Lo consigue a los 82 años con un género considerado por algunos como menor, el relato breve, por el que ha sido valorada como la “Chéjov canadiense”.

            Alice Munro (Ontario, 1931) se ha ganado a pulso el reconocimiento de la crítica y la difusión entre el gran público de forma gradual e imparable. Lo ha hecho con modestia, por la calidad de su escritura realista y a la vez llena de extrañeza; porque quien la lee una vez, repite.

        Ya me había llamado la atención esta escritora por su franqueza inusual en El progreso del amor, otra colección de sus cuentos comentada en este blog; ahora me ha conmovido. Hacía tiempo que no me impactaba tanto un libro. Cierto que en ello influye el momento en que hacemos la lectura, pero también hay razones de peso vinculadas a una temática y a una forma de narrar.

            Demasiada felicidad agrupa 10 relatos. El título del libro es el del último cuento, la historia, bastante triste, de una pionera matemática rusa de finales del siglo XIX. Tiene pues un sentido irónico porque, ni en éste ni en ninguno de los restantes, sobra la felicidad, sino todo lo contrario. Son historias protagonizadas en su mayoría por mujeres corrientes que viven acontecimientos penosos y se comportan de modo desconcertante: la madre que va visitar a la cárcel al marido que ha matado a sus tres hijos, tratando de explicarse el crimen y a sí misma; la mujer sola que recibe en su casa a quien sabe que es un asesino; amigas colegialas que exhiben su crueldad contra una compañera porque les disgusta su cara. Historias terribles que sabemos que ocurren a nuestro alrededor. Personas capaces de crear el horror o, por el contrario, ser sus víctimas y, en ambos casos, sobreponerse a los hechos, seguir viviendo su vida marcada; seres humanos incombustibles a quienes no vence la derrota.

            Munro, maestra del realismo, artífice de un estilo falsamente espontáneo, encuentra en el entorno suficiente material valioso para su obra: observa la realidad y a la gente normal con microscopio y disecciona los pensamientos y los sentimientos con un bisturí implacable que corta por lo sano. También sorprende la insólita sinceridad de lo que dicen y sus diálogos a bocajarro. Relatos crudos que retratan vidas cotidianas en las que la escritora introduce como al paso, sin darle mayor importancia, un elemento escalofriante. Asombra la hondura en el análisis de los hechos y de las reacciones a los mismos y que no juzga. Esas me parecen las claves de su escritura.

            La obra no me ha interesado por su dureza extremada ni porque me identifique con los personajes, sino por la sugestiva manera de contar la vida y esa permanente frustración de nuestros anhelos. Un continuum denso en el lenguaje directo y, al tiempo, abundante en elipsis, donde lo que no se dice importa tanto como lo que se dice.

           Un ejemplo de la franqueza aludida de su estilo es la réplica del joven Ken, al que su madre, Sally, no ve desde hace años:



            Mi vida, mi vida, mi evolución, qué podría descubrir de mi asqueroso yo. Mis metas. Mis gilipolleces. Mi espiritualidad, mi intelectualidad. No hay nada dentro, Sally. ¿Te importa que te llame Sally? Me resulta más fácil. Lo único que hay es lo de fuera, lo que haces, todos y cada uno de los momentos de tu vida. Desde que me di cuenta de eso soy feliz. (p. 130)

miércoles, 15 de julio de 2015

VASCONCELOS José Mauro de, "Mi planta de naranja lima"

 (Libros del Asteroide, Barcelona, 2011 (1ª ed. 1968) (BUC LHg, Extrabuc. VAS, J )

Este relato de infancia con tintes autobiográficos es la obra más famosa de su autor y figura entre las más reconocidas de la literatura brasileña.

  Escritor autodidacta, nació en 1920, en Bangú, Río de Janeiro, y murió en 1984, en Sao Paulo (Brasil). Pasó por muy diferentes oficios: entrenador de boxeo, trabajador en haciendas, pescador, actor y maestro e indagó a fondo en la historia y las tradiciones de su país. Hijo de madre india y padre portugués, convivió con los garimpeiros, los indios y otros sectores oprimidos. Se inició como cuentista oral hasta lograr convertirse en un escritor consagrado con una veintena de libros.

  De esta novela corta habla Román López Tamés en su afortunada Introducción a la Literatura Infantil (1985). La destaca como obra pionera y un buen exponente de la narrativa iberoamericana en busca de su propia voz, desde sus circunstancias propias, muy diferentes a las de Europa. Por eso, tenía muchas ganas y curiosidad por leerla pero resultaba ilocalizable, así que han pasado nada menos que treinta años para encontrarme con ella.

El niño Zezé vive en la mayor de las pobrezas, como tantos otros de su entorno, pero esas condiciones difíciles de supervivencia no le privan de una notable imaginación y de una inteligencia que se manifiesta especialmente dotada para el lenguaje. Fascinado por las palabras, aprende a leer él solo a los cinco años y exhibe unas ganas inmensas de explorar y vivir. Parlotea y juega con su amigo imaginario, el arbolito de naranja lima, despliega mimos y atenciones increíbles en el cuidado de su hermanito pequeño y nos asombra por su velocidad en los aprendizajes.

No faltan quienes aprecian sus ocurrencias verbales y le protegen por sus alocadas travesuras: el tío Edmundo, su hermana Glória, el acaudalado Portuga, el coplero Ariovaldo, su maestra Cecilia. Sin embargo, las penurias marcan el día a día y son demasiadas las preguntas que no encuentran respuesta. Frío, hambre, ningún juguete; rabia y amargura en la odiosa comparación con los felices niños ricos. Lo que más le duele es la falta de ternura: ni hermanos ni amigos suplen la distancia afectiva que le impone su papá, amargado por la falta de trabajo; nadie puede curar a este bambino desolado ante la paliza brutal de un padre que confunde la inocencia del niño con la falta de respeto. Y es que la ignorancia se manifiesta como una de las mayores carencias, es sin duda una de las peores cadenas del ser humano. Por eso, nos da casi tanta pena el padre como el hijo.

Un libro lleno de lirismo y de sonrisas tristes. El mundo desde la memoria del escritor adulto en la mirada asombrada y curiosa del niño al que las injustas circunstancias sociales hacen madurar a marchas forzadas. Se lee con facilidad, es hermoso en su sencillez, pero quizás está, en mi opinión, algo sobrevalorado.

Su hermano Totoca le dice: “creo que el Niño Jesús sólo quiso nacer pobre para exhibirse” (pág. 51) y su hermana Glória, tras la triste cena de Navidad, “tenía los ojos rojos, como si hubiera llorado desconsoladamente.
  Disimuló, y nos dijo a Totoca y a mí:
-  Es hora de que los niños se vayan a la cama.
 Decía eso y nos miraba. Sabía que en aquel momento ya no había niños allí. Todos eran mayores, mayores y tristes, y cenaban la misma tristeza en pedazos.” (págs. 52-53).


martes, 16 de junio de 2015

LLORAMOS A MARTA DEL ARCO


            Marta se sentó en la escalera de acceso al escenario. Eran las seis de la tarde y ensayábamos. Creímos que era un leve mareo debido al calor, demasiado bochorno. Esto puede ser algo serio, dice Miriam que es enfermera: Llamo ahora mismo al 112. Llega enseguida la ambulancia. Como un mal presagio, estalla la tormenta, arrecia la lluvia y la escoba de un viento furioso barre las calles del pueblo, mientras vemos cómo nos la llevan. Traslado al Hospital Clínico de Valladolid, donde ingresa en estado crítico con un derrame cerebral de fuerza imparable. Ya no la volvimos a ver. Se hizo todo lo posible por ella, pero nada se podía hacer. Fallece a la mañana siguiente.
            Sentados en las escaleras de piedra de la plaza de Torrelobatón, junto a los compañeros de La Barbacana, frente al hermoso castillo de los rebeldes comuneros, habíamos compartido bocata y unas cañas un par de horas antes del ensayo general, tan felices. Ilusionados con la representación prevista para la noche, no podíamos sospechar, ¡ilusos!, que la Parca acechaba en la sombra a nuestra querida Marta y nos iba a sumir en un enorme dolor del que nos va a costar recuperarnos. Son las ocho cuando me telefonea Álvaro desde la UCI: malísimas noticias. Alarma general. De la preocupación al estupor y de ahí a la desolación absoluta. Se suspende la función. Todo se vuelve oscuridad. Descenso a los infiernos. Nadie habla. No hay palabras para esto.
            La Muerte con su hacha homicida siempre aflige, pero cuando ataca de repente nos deja sin aliento y no salimos de la rabia porque no le toca, porque llega muy antes de tiempo. ¡Maldita seas, ladrona! Nos la has robado sin darnos ocasión de decirle una vez más cuánto la queríamos. Y es que cómo era Marta: buena profesora, inteligente, simpática, generosa, sencilla, atenta a todo, siempre disponible... Cada uno de nosotros añadiría cualidades en su recuerdo. Y lo mejor es que son verdad. Una persona limpia con la que todo resultaba fácil y que en esta sociedad, enferma de corrupción y con una débil conciencia moral y cívica, buscaba con ilusión la cultura y el pensamiento críticos, trabajaba para cambiar las cosas y era fiel a sus compromisos.
            Marta del Arco se integró en el proyecto de Unos Cuantos desde la primera Asamblea en el Villajunco. Se sumó a la estupenda acogida que nos ofreció la Dirección del Instituto y, desde aquel final del año 2012 hasta este fatídico domingo 7 de junio de 2015, pudimos disfrutar de un eficaz vínculo con el Centro, al ser ella Presidenta de la AMPA y, asimismo, de una increíble actriz vocacional, que crecía con cada papel. Y fueron bastantes. En “Teatro en crisis”, “Brotes verdes” y la escena contra la Ley Mordaza: inmigrante sin papeles, parada, ministra de educación, turista ocasional, cuidadora de ancianas… Tuve la suerte de interpretar con ella dos escenas en las que me cuidaba, “y muy bien la verdad”. Marta ya nunca más podrá cuidarme en las tablas. Me gustaría que existiera el cielo eterno para poder cuidarla yo allí ahora. Un teatro en el firmamento para reírnos juntas, bailar La Cucaracha y volver a tener nuestras manos enlazadas.

            Quisiera poder compartir el dolor con todos sus seres queridos, los familiares, l@s much@s amig@s de la Escuela Oficial de Idiomas y de toda Cantabria, y consolarme con ellos reviviendo la alegría de Marta. Descubrir alguna palabra que le valiera a Elena, su hermana gemela, para encontrar la fuerza de vivir sin su doble, indisoluble parte de sí misma. Reconfortar el ánimo de su marido Jeremy que se sentirá tan desamparado sin ella. Alentar a su hijo David para que acierte con la piedra en la cabeza de Goliat, para que su valentía pueda vencer al gigante del desánimo. Aunque seas muy joven, puedes ayudar mucho a tu hermana Olivia en el inmenso desconsuelo, recrear juntos la memoria de vuestra madre que no morirá nunca, porque vivirá mil veces en el recuerdo de todos los que la hemos conocido.